La convergencia de dos de las principales calles de acceso a la puerta de la villa, tenían como punto de encuentro un fielato y un gran Olmo que destacaba por su monumental envergadura. La Avenida Gijón y la calle Oviedo aunque juntas, siempre han tenido sus diferencias y su propia idiosincrasia, y los que allí vivimos durante tantos años guardamos un hueco en nuestra memoria para recordar, quizás no todos, pero si algunos de los acontecimientos tan entrañables ocurridos durante todo ese tiempo. Los aldeanos que por allí pasaban con el objeto de vender sus productos en el mercado central, tenían la obligación de declarar sus mercancías y pagar los tributos correspondientes. Contaban por aquellos tiempos que algunos disfrazaban al pequeño cochinillo de bebé para evadir el pago de sus impuestos. Tradición respetada, e incluso mejorada que, adaptada a otro tipo de productos, todavía se practica con asiduidad en diferentes lugares del estado. Al lado del fielato había un pequeño kiosco en el cual se podían adquirir además de los semanarios habituales, tebeos, piruletas, colecciones interesantes de cromos y sobres sorpresa que nos mantenían entusiasmados hasta que la capacidad de ahorro nos permitía volver a frecuentarlo. El árbol, conocido cariñosamente como “El Arbolón”, tenía grabado a navaja el nombre de todos los que allí nos reuníamos para planificar nuestros juegos y alguna que otra correría. Estoy seguro que cuando lo estaban derribando se oyeron lamentos de Baldomero, Valiente, Jalisco, Cipriano, Guillermo, Kike, Luis Arturo, Oscar, Manuel Ángel, Tinín, José Antonio Testa y alguno más que como yo nos encontrábamos muy lejos y a pesar de ello sentimos como si con un bisturí rasgasen nuestras propias entrañas. A mediados de los cincuenta todo era calma en las calles, oías la voz del afilador, el mielero de la Alcarria, la moto-carro de Mino el de la lejía y el Citröen negro de Blas el lechero pregonando con orgullo que él había empezado con una grifo y siete vacas y que ahora tenía siete grifos y una vaca. Teníamos panadería “Los Americanos”, bares como “El Luarca”, “El Arbolón” y el “Avenida” donde residía la peña Bahamontes” , que por aquella época organizaba carreras ciclistas de veteranos cuyos primeros puestos siempre estaban ocupados por el padre de Delio y Mayoral. Había niñas preciosas que llenaban nuestros cerebros de pajaritos como Conchita, Zoila, Carolina, Mori y Maria José, pero nuestro principal objetivo era conquistar el barrio de “Versalles” que en aquellos tiempos estaba empezando su infraestructura. Otro de nuestros propósitos predilectos era asistir al festival de la canción que se organizaba todos los años en el parque de bomberos (antigua fabrica de harina), y en donde el Dúo Armónico y Ernesto Baldajos (que en paz descanse) eran las principales figuras, unos con sus filarmónicas y el otro con inimitable trino de voz que no tenía nada que envidiar a los mejores tenores mexicanos. Todo lo que estoy cantando ocurría bajo las ramas de ese imponente árbol que bajo sus ramas nos protegió hasta que el avance del progreso lo sustituyó por otros edificios que seguro que sus cimientos son atacados por las raíces de lo que nunca tenía que haberse producido. Saludos.
Miguel Sánchez del Río González-Anleo
No hay comentarios:
Publicar un comentario