Desde que damos nuestro primer berrinche al salir del seno de nuestra madre ya estamos etiquetados con nuestro futuro. Quién diría que no tenemos ni voz ni voto para decidir cuál será a partir de aquí nuestro propio destino. Algunos nacen encaminados a ser partícipes y anfitriones de un fragmento de la sociedad en la que se impone la burocracia, el egoísmo, y el favoritismo propio en aras de unos beneficios fácilmente alcanzables con el mínimo esfuerzo. Otros, sin embargo, luchan las veinticuatro horas del día planificando sin descanso sueños, ideales, e intentando escarbar en las arenas de la imaginación con el único propósito de encontrar soluciones para este complicado, pero ilimitado mundo. ¿Realmente existe alguna diferencia entre los recién nacidos?, no, aparentemente todos somos iguales, pero al final de nuestro largo recorrido nos damos cuenta dónde están las divergencias, siendo lo más lamentable el no poder hacer borrón y cuenta nueva. Nos educan bajo un patrón más o menos idealista que tiene un determinado tiempo de duración, pero que sirve como inicio de algo que a lo mejor puede llegar a su cúspide con más empeño del que enseña, que del propio aprendiz. Hoy, la enseñanza, la educación, los consejos en vivo y en directo, así como la doctrina de lo que realmente crees que debe ser el proyecto ideal de una sociedad actualmente rota e individualista, con aires de grandes e innovadoras mejoras que acaban en puntuales acciones desconsoladoras, no admite soluciones geniales capaces de garantizar un futuro sostenible. El trabajo, nuestra penúltima etapa en la carrera de la vida, ha sido y será el intercambio, físico e intelectual, que combina unas acciones propias del individuo y sus habilidades, por unos incentivos valorados de acuerdo con una normativa. A partir de aquí, pasan muchas cosas, unos lo confunden con un derecho, otros como una obligación y otros piensan que es el peaje que tenemos que pagar por el mero hecho de haber nacido. Ni una cosa ni otra, cuándo nos daremos cuenta todos que, en realidad, hemos venido al mundo por un determinado tiempo con el objetivo de mejorar sus condiciones iniciales, y que para ello existen diversidad de caminos que nos llevan a culminar infinidad de retos capaces de hacer realidad todo aquello que nos proponemos. No es fácil la elección, y algunos ni siquiera tienen la oportunidad de hacerlo, iniciando finalmente la caminata de un sendero que no tiene fin. Otros, sin embargo, emprenden de una forma planificada la travesía de la vida superando en cada momento los tropiezos típicos de una cruzada que conlleva infinidad de dificultades cuya superación precisa de un mayor esfuerzo y tesón, haciéndose imprescindible la dedicación plena y el apoyo de todos los que tienen a su lado. Nacer para vivir no entraña verdaderamente ningún riesgo, salvo que te lo impida algún desalmado y egoísta cuyas creencias ya están encaminadas a terminar con una vida que se está gestando, lo difícil pero reconfortable viene después. Dedicar una gran parte de los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos que tiene un día para mejorar en cualquier ámbito de nuestra vida aportando con ello nuestro granito de arena no tiene desperdicio, es más, yo diría que es saludable y ventajoso para todo aquel que se sienta orgulloso de tener cuerpo y alma. El porcentaje de esfuerzo y dedicación que debemos emplear va en función directamente proporcional al propio coraje, valores humanos y consecuencias adquiridas de una experiencia que se acumula día a día. Todo lo demás, son puros impulsos que demuestran falta de interés, egoísmo propio, y palos de ciego que solo obtienen frutos en los juegos de azar. Los días empiezan a las cero horas y terminan a la veinticuatro, distribuirlos en tres etapas: trabajo, ocio y descanso depende muy en mucho de cada uno. Personalmente, manifiesto mi tendencia hacia el trabajo, y así lo haré para el resto de mis días, pues el ocio y el descanso son actividades que no son estrictas y deben tener un sentido, una identidad, y una duración determinada, dado que de no ser así pueden inducir al aburrimiento. Saludos.
Miguel Sánchez del Río González-Anleo
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